CAFÉ CON TIGO
Los temores y los terrores.
Los miedos son mecanismos de supervivencia cuando
tienen que ver con objetos específicos, tal como el dolor
o la fiebre; son la luz roja que se enciende como señal de
advertencia, para indicarnos que en algún sector de nuestro
cuerpo o de nuestra alma, hay algo que no está funcionando
de manera adecuada.
Otra cosa muy diferente son los terrores o el pánico, porque
no solamente nos paralizan sino que pierde su finalidad de
protegernos frente a una amenaza potencial.

Lo primero que nos sucede cuando percibimos la herida
profunda que nos causa una pérdida abrupta es el
desconcierto. Sabemos que hemos sido duramente
golpeados, pero aún no podemos aceptarlo en su total
dimensión, pues no nos sentimos merecedores de tal
agresión a nuestra persona.
Podemos sufrir, en esta etapa, repercusiones sobre nuestro
cuerpo físico, tales como inapetencia, dolores de cabeza,
mareos, dificultados respiratorias, etc.
La reacción natural es actuar y tomar decisiones que
contrarresten la injusticia de la que hemos sido objeto,
siendo habitual que cometamos grandes equivocaciones,
porque lo hacemos de acuerdo con lo que sentimos y no
de acuerdo con lo que es mejor para nosotros, dadas las
circunstancias que estamos atravesando.
Lo que seguramente no necesitamos es que nos den
ejemplos de cómo tal o cual persona salió de una situación
similar, o que nos digan que con buena voluntad todo se
arreglará en el futuro.
La esperanza o la desesperanza:
La desesperación se instala cuando nuestra
autoestima es profundamente dañada y cuando tenemos la
íntima convicción de que la herida que hemos sufrido es
mortal y que no somos ni seremos capaces de recuperarnos.
Como toda apreciación, ésta puede ser tan subjetiva que no
nos permita visualizar que sí tenemos opciones, y que cada
ser humano es mucho más de lo que le sucede diariamente.
Tenemos que ejercer el derecho a realizar nuestro duelo por
la pérdida que hemos experimentado: es un permiso que
debemos otorgarnos.
Si escapamos de la pérdida, en lugar de sumergirnos en
ella, solo estaremos prolongando la desesperanza.
Las heridas, así como dejan cicatrices, también estimulan
la rebeldía y la convicción de que somos capaces de
sobrellevar la adversidad.

Los hechos seguirán siendo los mismos. Lo que puede
cambiar, con el tiempo, es su interpretación, como una forma
de atribuirnos el derecho a seguir existiendo de una manera
digna frente a nuestros propios ojos y los de los demás.
Mientras permanezcamos aferrados a las respuestas negativas
sobre lo que nos aconteció, estaremos invirtiendo una gran
cantidad de tiempo en preocuparnos, actividad que nos puede
llegar a obsesionar hasta ocuparnos. Las preocupaciones
tienen la triste virtud de destruir la imaginación más creativa y
dejar sin energía a quien las sufre.
Las interpretaciones negativas que acompañan a las
preocupaciones pueden llegar a producirnos un verdadero
estado de parálisis. En contrapartida, la búsqueda de
interpretaciones positivas nos da el aliento necesario para
continuar luchando.
Aunque creemos que estamos funcionando en el presente,
nuestras respuestas están absolutamente teñidas por nuestra
historia, nuestro pasado. La manera de interpretar los hechos
no surge exclusivamente de nuestra visión del momento, sino
que tiene una fuerte raíz en las experiencias que hemos ido
sumando a lo largo de nuestra vida.
Sin atender a nuestro propio juicio, valoramos más lo que los
demás están pensando de nuestro desempeño, y ese poder
que entregamos a los demás para que juzguen nuestro paso
por la vida es una de las manifestaciones más genuinas de una
baja autoestima.
La forma de pensar sobre lo que nos pasa afecta directamente
la manera en que actuamos.