lunes, 18 de abril de 2016

cafe con tigo

CAFÉ CON TIGO

Los temores y los terrores.


 Los miedos son mecanismos de supervivencia cuando tienen que ver con objetos específicos, tal como el dolor o la fiebre; son la luz roja que se enciende como señal de advertencia, para indicarnos que en algún sector de nuestro cuerpo o de nuestra alma, hay algo que no está funcionando de manera adecuada. Otra cosa muy diferente son los terrores o el pánico, porque no solamente nos paralizan sino que pierde su finalidad de protegernos frente a una amenaza potencial.




Lo primero que nos sucede cuando percibimos la herida profunda que nos causa una pérdida abrupta es el desconcierto. Sabemos que hemos sido duramente golpeados, pero aún no podemos aceptarlo en su total dimensión, pues no nos sentimos merecedores de tal agresión a nuestra persona. Podemos sufrir, en esta etapa, repercusiones sobre nuestro cuerpo físico, tales como inapetencia, dolores de cabeza, mareos, dificultados respiratorias, etc. La reacción natural es actuar y tomar decisiones que contrarresten la injusticia de la que hemos sido objeto, siendo habitual que cometamos grandes equivocaciones, porque lo hacemos de acuerdo con lo que sentimos y no de acuerdo con lo que es mejor para nosotros, dadas las circunstancias que estamos atravesando. Lo que seguramente no necesitamos es que nos den ejemplos de cómo tal o cual persona salió de una situación similar, o que nos digan que con buena voluntad todo se arreglará en el futuro.


La esperanza o la desesperanza:

 La desesperación se instala cuando nuestra autoestima es profundamente dañada y cuando tenemos la íntima convicción de que la herida que hemos sufrido es mortal y que no somos ni seremos capaces de recuperarnos. Como toda apreciación, ésta puede ser tan subjetiva que no nos permita visualizar que sí tenemos opciones, y que cada ser humano es mucho más de lo que le sucede diariamente. Tenemos que ejercer el derecho a realizar nuestro duelo por la pérdida que hemos experimentado: es un permiso que debemos otorgarnos. Si escapamos de la pérdida, en lugar de sumergirnos en ella, solo estaremos prolongando la desesperanza. Las heridas, así como dejan cicatrices, también estimulan la rebeldía y la convicción de que somos capaces de sobrellevar la adversidad.




Los hechos seguirán siendo los mismos. Lo que puede cambiar, con el tiempo, es su interpretación, como una forma de atribuirnos el derecho a seguir existiendo de una manera digna frente a nuestros propios ojos y los de los demás. Mientras permanezcamos aferrados a las respuestas negativas sobre lo que nos aconteció, estaremos invirtiendo una gran cantidad de tiempo en preocuparnos, actividad que nos puede llegar a obsesionar hasta ocuparnos. Las preocupaciones tienen la triste virtud de destruir la imaginación más creativa y dejar sin energía a quien las sufre. Las interpretaciones negativas que acompañan a las preocupaciones pueden llegar a producirnos un verdadero estado de parálisis. En contrapartida, la búsqueda de interpretaciones positivas nos da el aliento necesario para continuar luchando. Aunque creemos que estamos funcionando en el presente, nuestras respuestas están absolutamente teñidas por nuestra historia, nuestro pasado. La manera de interpretar los hechos no surge exclusivamente de nuestra visión del momento, sino que tiene una fuerte raíz en las experiencias que hemos ido sumando a lo largo de nuestra vida. Sin atender a nuestro propio juicio, valoramos más lo que los demás están pensando de nuestro desempeño, y ese poder que entregamos a los demás para que juzguen nuestro paso por la vida es una de las manifestaciones más genuinas de una baja autoestima. La forma de pensar sobre lo que nos pasa afecta directamente la manera en que actuamos.



























No hay comentarios:

Publicar un comentario